Re-educación y soberanía alimentaria: el camino es hacia nuevas elecciones de consumo

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Re-educación y soberanía alimentaria: el camino es hacia nuevas elecciones de consumo

El camino hacia nuevas formas de consumo es la re-educación y la soberanía alimentaria

Alimentarnos y comer, algo tan cotidiano como inconsciente, actos que se llevan adelante todos los días e incluso varias veces al día, comportamientos casi automáticos, donde el medio posee más control que el propio individuo o las necesidades biológicas y registros corporales.

Existen tantas formas de alimentarse como culturas y profesionales de la nutrición que la transiten y multiplican.  No podemos pensar la alimentación como el simple hecho de nutrirnos, porque está rodeada de emociones, hábitos, creencias, costumbres y elecciones diarias y cotidianas que hacen al acto de comer una acción compleja y, hoy en día, casi inconsciente.

Por esta razón, tener herramientas que ayuden a la toma de decisiones conscientes relacionadas al consumo de alimentos es una de las formas de cambiar hacia hábitos más saludables y sustentables, donde podamos pensar la salud de forma integral, sin dejar de lado la relación con nuestro entorno y con el ambiente. Contar con información confiable y real en relación a lo que comemos, al procedimiento de nuestros alimentos y a los ingredientes que contienen es el punto de partida para crear sociedades libres de elegir.

Como escribe Patricia Aguirre, doctora en antropología y antropóloga de la alimentación, en su libro “Comer, puentes entre la alimentación y la cultura”, la comida como tal no existe separada del comensal y de la sociedad concreta que la come. Una sustancia comestible se transforma en comida sólo cuando es designada como tal por el grupo humano en un tiempo determinado. Sin esta referencia social, algo puede ser comestible sin ser comida. Entonces, pensando el valor social que le damos a la comida, no podemos pensar la alimentación como un único hecho aislado y voluntario con la finalidad de nutrir el organismo.

El comer es una acto social, cultural e individual. Cuando elegimos lo que comemos, no sólo lo hacemos por gustos personales, sino por nuestra historia, el contexto y la oferta que nos atraviesan. Pero, en un mundo industrializado como el de hoy,es cada vez más difícil elegir de forma consciente, ya que quedamos totalmente envueltos en la publicidad y la des-información de la gran industria alimentaria. Estamos viendo como la cantidad y disponibilidad de los alimentos aumenta, al mismo ritmo que baja la calidad de ellos: productos ultraprocesados cargados de aditivos químicos, azúcares, grasas y sodio; y empobrecidos de componentes naturales como vitaminas, minerales y fibra alimentaria, que luego se adicionan de forma artificial.

El término ultraprocesados, engloba a los productos (y no “alimentos”) industrializados y empaquetados, los cuales se pueden reconocer por su enorme lista de ingredientes, cargados de sustancias químicas perjudiciales para la salud (como colorantes artificiales, edulcorantes, aditivos, conservantes, azúcares en sus múltiples variantes, etc.) utilizadas para alargar su vida útil y fecha de vencimiento, darle mejor sabor, color o textura y lograr que sean más atractivos para los consumidores. Muy alejados de los alimentos sin procesamiento, que son aquellos que se encuentran en la naturaleza sin modificación ni manipulación industrial (o mínima intervención), con lista de ingredientes de no más de tres alimentos (fáciles de reconocer) y sin utilización de sustancias químicas para modificar sus características.

En la sociedad de consumo de la que somos partes, que condiciona nuestras elecciones alimentarias(que creemos estar eligiendo), no hay lugar para cuestionamientos hacia las formas de comprar y comer. Podríamos re-pensar… ¿cómo es posible que llegamos a creer que un paquete listo para consumir es de mejor calidad que la comida casera que podamos lograr en nuestros hogares con ingredientes de calidad? O antes que eso, en algún momento ¿pensamos en la calidad de lo que comemos o sólo nos enfocamos en el valor económico y en la rapidez de su preparación?

Estamos rodeados de productos buenos para vender, pero nunca buenos para comer, la industria alimentaria no pone como objetivo principal la salud de las sociedades ni del ambiente, por el contrario, la prioridad para este sectores generar nuevos productos, cada vez más fáciles de comer de un envase, la mayoría de las veces, satisfaciendo una nueva necesidad, que antes no existía. Porque si algo sabe hacer la industria es crear nuevas necesidades de consumo, para aumentar las demandas y las ventas de sus productos.

Para ejemplificar, podemos describir el caso de los ultraprocesados fortificados con vitaminas o minerales (Vitamina A, D, C, hierro, etc.), donde sabemos claramente que son nutrientes que podemos encontrar en alimentos naturales sin la necesidad de suplementar o buscarlos en la góndola del supermercado.  Siguiendo esa línea, no es extraño que a cada carencia nutricional causada por la mala alimentación y desconocimiento (baja ingesta de fibra alimentaria, por ejemplo), la industria responda con una propuesta revolucionaria e irracional (fibra industrializada en cereales de desayuno), generando una nueva necesidad de compra. Así es como las elecciones quedan totalmente por fuera de nuestras decisiones de consumo, donde creemos estar eligiendo por nuestros propios medios, pero en realidad es la publicidad, el marketing y las grandes empresas alimentarias quienes eligen por nosotros, cada uno de los alimentos que ingerimos.

Volviendo al libro de Patricia Aguirre, ella escribe: “hoy en día la única forma de saber qué es lo que estamos comiendo depende de los sistemas expertos, ya sea de los creadores, de los fabricantes o, por supuesto, de los publicistas que inventan las historias que quieren contar sobre el nuevo producto a través de los medios masivos.” Así, sin darnos cuenta, nos alejamos de los alimentos reales, para caer en las elecciones condicionadas por la publicidad o el marketing de las grandes empresas de ultra procesados.

Existe una gran relación entre educación y hábitos alimentario o alimentación, como en cualquier ámbito, educar-nos es el arma más poderosa para tomar decisiones inteligentes, lograr capacidad de diferenciar y elegir dentro de las opciones que se ofrecen. Muchas veces, se cree que elegir es optar por una u otra marca de algún producto particular, pero detrás de eso hay mucha información que se desconoce. Pocas veces se lee la lista de ingredientes, la cantidad de químicos que contiene, el origen de su producción y el impacto que esto puede tener en la salud del ambiente y de las personas. Comenzar por cuestionarnos estas temáticas al momento de elegir o comprar alimentos, hace que nuestros hábitos se modifiquen, cambie nuestra forma de pensar la alimentación y logremos adquirir conscientemente lo que comemos y lo que come nuestro entorno. La educación es clave para poder elegir y diferenciar actos y hábitos saludables de aquellos que pueden estar condicionados por situaciones externas que pueden perjudicar la salud.

Por eso, el camino hacia nuevas formas de consumo es la re-educación y la soberanía alimentaria, donde cuestionar todo de estas formas establecidas sea el inicio para el cambio. No podemos pensar un futuro saludable si antes no cambiamos nuestros hábitos alimentarios, priorizamos el cuidado de la naturaleza y comenzamos a interrogar lo aprendido o establecido.

El concepto de soberanía alimentaria fue desarrollado por Vía Campesina (movimiento campesino internacional) y llevado al debate público con ocasión de la Cumbre Mundial de la Alimentación en 1996, y ofrece una alternativa a las políticas neoliberales. Se define como un derecho de los pueblos para definir sus políticas agrícolas y alimentarias, de producir sus propios alimentos saludables, de forma sustentable y ecológica, para todos. Por lo tanto, hace referencia a la capacidad que tenemos como individuos para elegir (o no) uno u otro modelo de consumo o alimento. Y el derecho al acceso seguro, sustentable, ecológico y sin tóxicos.

La soberanía alimentaria, en sus 25 años de construcción, viene debatiendo la idea de que no basta apenas con que la alimentación llegue a las personas. Nos lleva a discutir qué tipo de alimentación, cuáles son las condiciones de producción, cuál es la relación de esta alimentación con el proceso de producción, con el trabajo, con el medioambiente y con las comunidades locales y originarias. La producción de alimento tiene que promover una relación saludable de convivencia con el medioambiente, con condiciones de trabajo digno. La producción de alimentos tiene que estar articulada con la idea de que el alimento producido debe ser saludable, sin uso de insumos químicos, de agro tóxicos, con semillas producidas por los propios campesinos, donde se fomente la producción agroecológica, generando conexiones entre productores y consumidores, conociendo el origen de lo que consumimos y acortando la distancia que viajan esos alimentos para llegar a nuestros platos, lo que sin duda disminuye la contaminación y deja un impacto positivo en la salud de las personas y del ambiente.

Tomar la iniciativa de un cambio de hábito, cualquiera sea, necesita de dedicación y voluntad, pero también de buena predisposición y de deseo. Es conocer, conocernos, educarnos, interiorizarnos en el tema para tener las herramientas necesarias y hacer un camino satisfactorio y de disfrute. Generar movimientos en las acciones ya establecidas no tiene que ser necesariamente un proceso estresante y de frustraciones, más aún sabiendo que es para ganar salud.

Algunas de las acciones que podemos tomar para comenzar a cambiar y mejorar hábitos alimentarios pueden ser:

  • Disminuir el consumo de productos ultraprocesados, cargados de químicos y envoltorios que generan un impacto negativo en nuestra salud y en la del ambiente.
  • Evitar comprar en grandes cadenas de supermercados y marcas multinacionales.
  • Cuestionarnos todo lo que nos rodea en relación a los alimentos y a la forma de comprar, comer y elegir, de esta forma estamos más abiertos a re-educarnos y generar nuevos hábitos.
  • Pensar y organizar antes de comprar. La organización a la hora de cambiar de hábitos es fundamental y necesario.
  • No hacer de las compras un acto inconsciente. Muchas veces la publicidad y el marketing generan una necesidad donde no existe, preguntarnos si es realmente necesario de adquirir ese producto, antes de hacer la compra.
  • Elegir alimentos naturales, con una lista de ingredientes lo más corta posible.
  • Conocer la temporada en la que se cultivan y cosechan los vegetales y las frutas que consumimos y elegir en función de eso, así aportamos mayor cantidad de nutrientes y aseguramos una producción sustentable.
  • Sumar frutas y vegetales agroecológicos, de estación, locales y de productores cercanos.
  • Reconocer los orígenes de nuestros alimentos, comprar directo a los productores y contactar a emprendimientos pequeños.
  • Tomar contacto con la naturaleza, de la forma que esté a nuestro alcance. Puede ser haciendo huerta, teniendo macetas pequeñas, recorrer lugares ya existentes o visitando productores locales.
  • Experimentar en la cocina, inventar recetas combinando ingredientes nuevos y dejando de lado los productos listos para comer de un envase.
  • Buscar ayuda, herramientas y consejos. Asesorarse con un profesional que guíe y acompañe en proceso.
  • Disfrutar y hacer del acto de comer una de las acciones más placenteras y sanas de nuestra vida, porque lo saludable también pasa por la relación que tenemos con esos alimentos.
Nerina Ceriani

Nerina Ceriani

Lic. en Nutrición Mat.: 1562/2

Miembro de la Com. de Seguridad y Soberanía Alimentaria del Col. de Grad. en Nutrición, 2da Circunscripción, Rosario.
Ambientalista y comunicadora.
Docente universitaria.
Atención clínica nutricional y comunitaria.

Fuentes:

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