Pedro Henríquez Ureña, Maestro de América

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“Sigo impenitente en la arcaica creencia
de que la cultura salva a los pueblos”
Pedro Henríquez Ureña

En esta oportunidad nos referiremos al ilustre humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña, a quien, con certero juicio, y sin andarse con mezquindades,  Jorge Luis Borges llamara «Maestro de América». Intentaremos hacer un recorrido por su itinerante  vida. Pedro Henríquez Ureña (Nicolás Federico Henríquez Ureña),  nació en  Santo Domingo, República Dominicana – en 1884. Escritor, filósofo, filólogo, periodista y crítico. Representante del movimiento Modernista.

Su infancia la pasó rodeado de un ambiente intelectual, y tras concluir sus estudios secundarios, transitó desde muy joven diversos países de América y Europa, vivió en EE.UU., Cuba, México, España y Argentina, completando su educación universitaria, investigando y trabajando como profesor, mostrando sus grandes dotes de humanista. “Nada de lo humano le era indiferente”, dijo Ernesto Sábato.

Ese recorrido por varios países influyó de modo decisivo en su formación, tal como lo ilustra el propio dominicano desde las páginas de sus Memorias, al relatar su estadía en Nueva York. A esa ciudad llegaría lleno de prejuicios a causa de la nordomanía, termino  introducido por el uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917) para describir a quienes, en el choque de culturas entre el norte y el sur de América, optaron en nuestras latitudes por subordinarse a los valores anglosajones predominantes en los Estados Unidos de Norteamérica, esa lectura  le había provocado una idea previa, prejuiciosa, de los Estados Unidos.  

Henríquez Ureña estaba profundamente convencido de la existencia y del valor de la América Hispánica y de su cultura. Retomó las ideas políticas que guiaron los pensamientos de Simón Bolívar algo más de un siglo antes. En la conocida “Carta de Jamaica”, escrita hacia 1815, el venezolano establecía que es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. (…) Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras partes del mundo (BOLÍVAR, 1983). Henríquez Ureña, reconsidera las ideas dejadas vacantes por Bolívar algo más de un siglo antes y avanza en el terreno simbólico en pos de la construcción de una totalidad continental: La unidad de su historia, la unidad de propósito en la vida política y en la intelectual, hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más (HENRÍQUEZ UREÑA, 1989). Afirmará en “La utopía de América” (1925) y agregará algunas líneas después: “La desunión es el desastre”.

La imposibilidad que Bolívar percibía en el intento unificador, se transforma en Henríquez Ureña en utopía posible, distante pero accesible. La utopía, como aclara en ese mismo ensayo, es considerada en el sentido clásico que puede asignársele a la palabra, esto es, no como un “juego de imaginaciones pueriles”, sino como una búsqueda constante de perfeccionamiento. Y ese perfeccionamiento, en la concepción de Henríquez Ureña, solo puede ser alcanzado mediante el trabajo y el esfuerzo humano, como profesará en “Patria de la justicia” –(1925): “…hay que trabajar con fe, con esperanza todos los días. Amigos míos: a trabajar”. (HENRÍQUEZ UREÑA, 1989).

 Destaca, además, la labor intelectual en esa búsqueda de unidad por sobre la de los libertadores: la unidad cultural, por sobre la política. Así, la labor de Sarmiento, Alberdi, Hostos, Henríquez Ureña, es la de “verdaderos creadores o libertadores de pueblos, a veces más que los libertadores de la independencia” (HENRÍQUEZ UREÑA, 1989).

Aprender no es sólo aprender a conocer sino igualmente aprender a hacer.

Henríquez Ureña se propone una  búsqueda de una expresión propia, una indagación implica  indagar, un estudio tanto de las fuentes autóctonas, como de las foráneas. Es decir, esa búsqueda constituye, en el fondo  una utopía: la  persecución permanente y sostenida de la expresión diferenciadora, que se encuentra siempre desplazada hacia un futuro incierto. No existe un pasado dado en el que se pueda encontrar un fundamento último de nuestra expresión, un fundamento metafísico –el ser latinoamericano- que permita explicar causalmente una expresión latinoamericana, la vana indagación de un origen anterior al tiempo y que está del lado de los dioses –como planteaba Foucault al analizar la genealogía nietzscheana (FOUCAULT, 2004). La literatura latinoamericana no puede investigarse en un origen divino, en una esencia previa, sino que –para Henríquez Ureña– debe ser vista como un proceso de constitución, una búsqueda hacia el futuro.

En el “El descontento y la promesa”, Henríquez Ureña postula un movimiento de continuidad, una dialéctica que atravesará a las generaciones literarias desde la Independencia política, momento de divisoria de aguas que llegará hasta el momento del presente de la enunciación: la dialéctica entre descontento y promesa será el motor que conducirá a la historia literaria de la América Hispánica en la búsqueda de su expresión genuina. Descontento que acarreará el rastreo de nuevos modos de expresión que se transformarán en la promesa de alcanzar la forma diferenciadora de nuestra América: en esa búsqueda de originalidad habita la utopía americana de la que habla Henríquez Ureña. Una utopía que, como toda utopía, se encuentra diferida, alejada, inalcanzable, pero, a la vez, en el camino hacia una meta que persiguen los escritores de la América independiente.

Beatriz Sarlo señaló: “Henríquez Ureña traza el camino recorrido por las formaciones culturales, encontrando en la utopía no una forma de representación de lo imposible sino una representación de las fuerzas que se articularon en los procesos históricos” (SARLO, 1998). En este sentido, la utopía constituye un movimiento articulador, una tendencia que conduce hacia un futuro  superador.

Esta búsqueda de expresión se encuentra magnificada por un problema central para la historia literaria hispanoamericana: el del idioma. Con el proceso independentista se produjo una separación política de España, pero tal separación no generó una ruptura idiomática. Esa continuidad, esa permanencia del idioma heredado de la metrópoli, parecía restringir nuestra posibilidad de expresión genuina, autóctona y personal.

La imagen que Henríquez Ureña brinda de América Latina es la de un continente en un proceso continuo de búsqueda y renovación. En un proceso dinámico de construcción permanente de su integración y de un imaginario propio. Ana Pizarro ha comentado la función que en nuestro continente tiene la literatura, de un modo más destacado que en otras regiones, ya sea como “constructora de identidad, conformadora de imágenes sociales, fundadora de civilización” (PIZARRO, 1994).

Con la muerte de Pedro Henríquez Ureña los dominicanos perdieron la  brillante oportunidad de contar, en su  historia cultural, con un Premio Nobel de Literatura, pues sus cualidades intelectuales, académicas y morales ―unidas a su condición de humanista―, le hacían merecedor del más alto galardón que se otorga anualmente en las letras universales.

Justo es reconocer que en los momentos actuales, en que la globalización nos ha obligado a poner mayor atención a todo lo que atañe a la identidad cultural nacional, la obra de  Henríquez Ureña constituye un valioso e imperecedero aporte espiritual, ético y moral.

Hagamos que la juventud hispana conozca su obra “El Ideario”, la misma podría ser la puerta de entrada al mundo de las ideas de uno de los más importantes humanistas de la América hispánica.

Sigamos su ejemplo y su consejo dirigido al mundo americano «… hay que trabajar, con fe, con esperanza todos los días. Amigos míos: a trabajar».

Fuente:

Revista de estudios literarios latinoamericanos.

Acento.com.do

Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas.

Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña

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