LA ESCUELA EN TIEMPO DE PANDEMIA

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La educación no es pantalla.

Si se trata de pensar el rol del docente, elijo pensar a cada docente como un sujeto que toma decisiones y conoce su aula: conoce el alcance y los límites de esa aula. Límites y alcances que tienen que ver con la situación familiar de los chicos, con la disposición de tecnología y  conectividad, en este caso. Cada docente sabe cómo está conformada su aula y puede (debe) tomar decisiones al respecto. No podemos dar por sentado que la conectividad y la tecnología son universales. Romper la brecha digital supone romper otras brechas previas. Por ejemplo, hay chicos que viven en lugares donde sólo pueden tener conectividad cargando datos en su celular, lo cual encarece su gasto, con la limitante de no poder bajar audios, que tardan mucho, o recursos audiovisuales.

En un sentido pedagógico y didáctico somos profesores que damos clase frente al aula con una herramienta, tan antigua como definitoria de lo que es el aula, que es el pizarrón. Hay un modo de comunicar que tiene que ver con un cuerpo puesto en escena, con una interacción, con una situación de conocimiento compartido y eso no se da en lo diferido de la virtualidad, tampoco en una videoconferencia, donde están todos a la vez y aparentemente dialogando. Hay algo del orden de los cuerpos presentes que es histórico en la escuela. Es decir, el disciplinamiento del cuerpo, que es a la vez el reconocimiento de que el cuerpo existe, no es algo que se puede borrar de un día para el otro. Y no puede ser reemplazado fácilmente por otra cosa. Entonces: podemos celebrar que haya colegas que vienen desarrollando tareas vía web que son interesantes y que salen bien porque hay recursos, porque hay libros virtuales, porque hay audios, animaciones, etc. pero esto tiene sus limitantes.

El sistema educativo tiene como característica el verticalismo, una característica que podemos discutir siempre, pero más la podemos discutir en este contexto, cuando un inspector de distrito, que tiene poder de  decisión sobre una cantidad de directores, que a la vez tienen poder de decisión sobre una cantidad de maestros, que a la vez tienen poder de decisión sobre una cantidad de niños, baja una orden. Y esos niños llegan al ámbito del hogar con un mandato que arrancó en la punta de esa cadena, que es muy peligrosa. Entonces hay que tener cuidado con los mecanismos de poder, sobre todo frente a la creencia – que a su vez es un modo de controlar bastante infantil- que supone que el que se queda en casa no trabaja, que no hace nada. Entonces poner a la vista las tareas es una manera de ejercer el control.

Madres, padres, docentes, políticos, en realidad todos los que estamos en lugares donde tomamos decisiones tenemos que tomar conciencia de que nuestras decisiones afectan la vida de los otros. Porque una maestra presionada, mandando tareas, en una suerte de activismo (que siempre hemos discutido), reproduciendo el enciclopedismo ahora virtual, es una situación para detenerse a pensar. Los padres tienen que confiar en los maestros pero a la vez tienen que manifestar cuando esos requerimientos que llegan complican la escena o son excesivos: es una tensión muy delicada.

Por eso creo que, tanto los maestros como los pibes, como las madres y padres, deberíamos estar en una posición de cierto sosiego, de cierta tranquilidad, incluso imaginándonos tareas sencillas, tareas que supongan la posibilidad de construir un diálogo adentro de la familia. Que no esté atravesado por una presión externa (¡el whatsapp que llegó con la tarea!), sino la posibilidad de que la gente que está junta  comparta cierto diálogo, situaciones de encuentro. Que la intervención de la escuela sirva no para sofocar y atosigar más esa escena, que ya de por sí es compleja, sino para establecer diálogos. Y los padres y madres podrían ser quienes en algún sentido colaboren en ese diálogo.

Podríamos aprender muchas cosas. Por un lado, aprovechar la pandemia no para aprender el sistema de numeración  o los mitos y leyendas de Grecia antigua a modo de contenidos prescriptos. Para qué prescribir siempre lo mismo si en realidad tenemos la ocasión de dialogar acerca de qué quiere decir estar juntos, convivir, la peligrosidad que se impone en el afuera y en el adentro, los casos de violencia familiar, muchas cosas. Tenemos la ocasión de aprender algunas cosas de la convivencia y también de la especie humana: sus limitaciones, las ocasiones históricas que nos toca vivir, el orden mundial. Compartir preguntas: ¿qué quiere decir que este virus nació en China? ¿Qué relación hay entre China y Estados Unidos y los sectores económicos? ¿Por qué Trump, Bolsonaro o Piñera aparentemente tendrían la intención de dejar morir a su gente? ¿Qué quiere decir esto comparado con el siglo XX, por ejemplo, con las dos grandes guerras, el Holocausto, Hiroshima, la bomba atómica? Por supuesto que son temas bien complejos, pero me parece que en este momento sería importante compartir inquietudes.

¿Cuál es el lugar del libro  en todo este juego?

Que el libro sea de papel o en cualquier formato quizá importe poco. Lo que se juega en estas instancias íntimas, en los intercambios de los que estamos en cuarentena, es la voz, la oralidad, recuperar cierto sentido de la comunicación. Y la literatura podría ser esa llave para el diálogo. Recuerdo una escena en un grupo de lectura al que habíamos visitado con el Ministerio de Educación en el marco del Plan de lectura. Había padres y madres que daban su testimonio acerca de un proyecto de articulación de la lectura en las familias. Me acuerdo que una madre dijo: “gracias a los libros tenemos de qué hablar con los chicos”. Interesante. Entonces, quizá la literatura podría tener ese lugar, en el sentido de generar situaciones que no sean apremiantes, que no sean cumplir la tarea, sino de encontrar espacios para la toma de la palabra, para el intercambio, para la mirada. Para generar esta interacción: cuerpos, voces, miradas.

¿Cambiará la escuela después de la pandemia?

No creo que cambie demasiado. Primero, porque lo que está pasando no afecta a la escuela  en general, sino a cierto sector. Si usar el zoom, ver videos, etcétera le da cierto dinamismo al mundo escolar, bienvenidos.  Lo virtual nos permite acceder con cierta fluidez a contenidos, o realizar intercambios. Por ejemplo, si tenemos que escuchar un fragmento de música barroca, gracias a las tecnologías, tenemos acceso a diferentes versiones, de diferentes orquestas. O cuando en plástica hay que ver las pinturas del Renacimiento, ahora podemos disponer de un recorrido por los museos del mundo. Y eso es fascinante. Pero para darle sentido a todos esos accesos tiene que haber un trabajo de enseñanza, un trabajo previo con el docente y el grupo.  Siempre habrá una escena fundamental vinculada con la oralidad, la escritura, la presencia y la lectura que no se puede evitar. No se trata de un equilibrio entre lo virtual y lo presencial, sino que lo virtual venga a enriquecer lo presencial.

 El  gran peligro de todo esto es que alguna corporación internacional con intereses de mercado en el campo educativo logre convencernos de que es posible dar clases solamente on line. Y ante eso hay que decir que la educación es un acto teatral, histriónico, físico, corporal, que involucra cuerpos, miradas, voces. La educación no es pantalla. Si llegamos a la conclusión de que el docente puede ser reemplazado por una clase virtual, aun cuando la dé el mismo docente, en condiciones tan complicadas como las que estamos padeciendo, estaríamos reforzando las desigualdades. No sería una buena enseñanza de esta pandemia.


GUSTAVO BOMBINI:

Profesor y Doctor en Letras (UBA) Profesor de la UBA y de la UNSAM. Ex coordinador del Plan Nacional de Lectura (2003-2007) y del Departamento de Materiales Educativos (201-2015) del Ministerio de Educación de la Nación. Director del Profesorado en Letras y de la Carrera de Especialización en Literatura Infantil en la UNSAM.

Autor de libros y artículos sobre enseñanza de la lengua y de la literatura, políticas de lectura y literatura infantil y juvenil.

Fuente: Gustavo Bombini:  La escuela en tiempos de pandemia – Revista Planetario, todo para la infancia –Gabriela Baby-

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