El desafío de incorporar la tecnología en el aula

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El desafío de incorporar la tecnología en el aula

Alejandro Maiche Investigador, intelectual, educador. Maiche, uno de los referentes más interesantes del Uruguay, señala importantes interrogantes en torno al uso y la potencia de la tecnología como herramienta educativa

Si bien la pregunta sobre educación y tecnología está presente en los debates pedagógicos desde hace tiempo, en los últimos tiempos —sobre todo durante la etapa más cruda de la pandemia— se volvió crucial y urgente. Hablar de “la tecnología” como entelequia puede sonar algo frío y distante, pero si pensamos en nuestras computadoras, nuestros teléfonos celulares y otros dispositivos que usamos cotidianamente, esa “tecnología” está atravesada por una serie de ideas, fantasías, prejuicios, también sentimientos —odios y afectos—.

Alejandro Maiche es licenciado en Psicología de la Udelar (1997) y doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona (2002). Ha realizado estancias de investigación en la Universidad de Estrasburgo (2001), la Universidad de Granada (2013) y la Universidad de Harvard (2015), y realizó numerosas contribuciones académicas en el país y en el exterior sobre temas de Percepción y Cognición. En los últimos años sus investigaciones se han dirigido especialmente a identificar las bases cognitivas del aprendizaje de la matemática. A partir de estos estudios ha comenzado a desarrollar el tema de los aportes de la cognición a la educación desarrollando experimentos e intervenciones tendientes a favorecer las capacidades matemáticas de los escolares.

Maiche, uno de los referentes más interesantes del Uruguay, participó en las Jornadas Internacionales de Educación y Futuro que la plataforma educativa Ticmas organizó en Montevideo y señaló dejó importantes interrogantes en torno al uso y la potencia de la tecnología como herramienta educativa. Aquí los pasajes más relevantes de su charla junto a Patricio Zunini.

En una charla con Facundo Manes que se realizó durante la pandemia dijiste la frase de un educador uruguayo: “La escuela será presencial o no será”. Ahora que la presencialidad está asegurada, la pregunta debería recaer sobre las instancias virtuales. ¿Por qué la escuela no puede ser presencial y también mantener cierta instancia de virtualidad?

—Esa frase era de Juan Pedro Mir y a mí me resonó porque, por mi trayectoria, estoy bastante asociado a ser un defensor de la tecnología en la escuela. Y una parte de mí piensa eso y otra aprendió varias cosas sobre ese posicionamiento. Lo que nos mostró la pandemia en las distintas fases es que la escuela de verdad tiene que ser presencial. Yo creo que todavía no estamos en una presencialidad plena: yo la estoy llamando presencialidad alterada. Hoy, una maestra me decía que no aguantaba más tener el tapaboca las cuatro horas de clase. No me quiero imaginar la impotencia de hablarle a 28 niños de cinco años con un tapabocas. Ni quiero imaginarme lo que se están perdiendo esos niños de lo que realmente transmite la escuela. Ahí voy a tu pregunta: muchas veces no es la palabra, sino el gesto, la relación social que se percibe intuitivamente, con la mirada, con el no decir, con el silencio. La escuela es formadora de ciudadanía, y la ciudadanía pasa por decodificar lo que compartimos y que no nos damos cuenta de dónde lo aprendemos. La interacción con la maestra y tus compañeros te va formando con distintas cosas que luego te hacen un ciudadano reconocible por los demás. Esas cosas son la función principal de la escuela primaria. Después podremos discutir sobre los años superiores y, en todo caso, la introducción de la tecnología cobra otro de resonancia. Pero para la escuela primaria, la tecnología tiene que ser entendida como fue siempre: no puede ser el medio principal. Nunca.

La tecnología siempre es un problema en el aula. En la pandemia, la pantalla implicaba distracciones y falta de conexión. Pero ahora en la presencialidad, otra vez aparece la pantalla como la distracción del WhatsApp y las redes. Entonces, ¿qué hay que hacer con la tecnología en el aula?

—Lo primero que tenemos que entender es que toda tecnología, no solo la de las pantallas, introduce una relación conflictiva porque se mete a competir por recursos. En este caso, recursos atencionales que, cuando no está esa tecnología, se dedican a otra cosa. Capaz que es a la mosca que está volando. Pero desde el punto de vista docente, yo tengo otros recursos porque sé cómo sacarte de la mosca, pero no de TikTok. Lo otro es que para los que vivimos en la época en que no había teléfonos inteligentes, hay cosas que tenemos que aceptar que no entendemos. Hablo ahora como padre de un adolescente: si alguien está tres horas por día mirando TikTok o Instagram, eso muy sano no puede ser. Pero tengo que partir de la base de que yo no entiendo del todo lo que está pasando en ese nivel generacional porque no viví esa experiencia. Eso me coloca en una doble posición: como padre tengo que orientar, pero a la vez el liderazgo no se impone sino que se construye. ¿Por qué digo esto? Porque los adultos tenemos que abrir las cabezas, pero también ponernos del lado del que no entiende. Esto es muy complicado cuando lo trasladas a la clase porque muchas veces ni siquiera tenés posibilidad de interactuar con el otro y entonces se cae en que hay colegios que no se entra con celular.

¿Pero eso está mal?

—No me parece mal, pero no va a solucionar el problema. Soluciona mi pequeño espacio en el que compartimos 4 o 6 horas. No va a solucionar el problema de fondo, que sí está presente y que es que la tecnología nos está sacando de la posibilidad de relacionarnos con el otro. Tenemos que lograr problematizar esto, poniéndonos en el lugar de que hay cosas que no vamos a saber nunca, pero que a la vez tenemos nos toca orientar. Ese posicionamiento nos cuesta. Me cuesta a mí como padre, y que nos cuesta mucho como educadores y creo que está costando en términos de política pública. ¿No debería haber algo más que la decisión del director de un colegio? ¿No debería haber una orientación a nivel de política pública para las escuelas y liceos públicos del país con respecto al uso de los teléfonos en el horario escolar? ¿Hasta qué punto no debería haber una orientación incluso de las compañías telefónicas?

Hace unos años, en una charla TED, contabas una experiencia para Plan Ceibal en relación al desarrollo de matemáticas con niños de seis años. Allí, primero, dijiste que la tecnología no iba a generar igualdad. Y luego se hizo evidente que en un contexto económico bueno hay mejor desempeño en todas las áreas. ¿Cómo se puede abordar la matemática y la educación en general desde una práctica que brinde igualdad de oportunidades?

—Si supiera las respuestas… Esa charla fue en un momento político distinto, las charlas TED tenían mucha repercusión, y eran los inicios de las tablets de Ceibal. Fue una charlita chiquita pero muy pensada. Y hubo dos frases que pensé mucho en decir. Una era esa y la otra que, para mí, Ceibal era la mejor infraestructura pública del país. Cosa que sigo pensando, aunque pueda parecer contradictorio con lo que estoy diciendo. Es evidente que la tecnología magnifica las desigualdades. Por un lado, por lo obvio: si en casa tengo un iPhone, un Mac y dos tablets, te pinto la cara a vos, que tocaste una 486 le sobraba a la abuela. Eso es obvio. Pero, además, yo creo que la desigualdad aparece más por otra razón y es la relación que tuviste con la tecnología respecto de los soportes afectivos y de pensamiento crítico que tuviste en tu casa. Esto es lo que realmente va a posicionarnos muy distinto en cuanto a la tecnología. Si hiciéramos una encuesta sobre cuántas horas le dedican al celular y lo cruzáramos por código postal…

Justamente lo que decías en tu charla TED.

—Eso te habla de cómo son las relaciones que podes establecer, porque tenés posibilidades de establecer. Dicho esto, uno podría, entonces, decir que la tecnología es mala y hay que sacarla. Yo no lo creo. Por eso voy a reafirmar mi segunda frase de la charla TED. Yo realmente creo que Ceibal es la mejor infraestructura pública que tiene el país. No solo por el despliegue de tablets, sino por el despliegue de wifi. Me parece que vamos lentos. Se dio cuenta Miguel Brechner y ahora Leandro Folgar claramente está enfocado en que un programa como Ceibal trabaje específicamente en la relación con la tecnología, además de proveerla. Ahí surgen distintas posibilidades.

¿Cómo es tu proyecto de estudio de la matemática?

—Nosotros trabajamos en proyectos que introducen tecnología en primero de escuela y en jardinera con respecto a determinadas habilidades matemáticas que están en la base de lo que después va a ser el aprendizaje de la matemática formal. Este año, por primera vez con un financiamiento de la ANII, pusimos a competir dos tipos de entrenamiento. Nuestra hipótesis tiene que ver con que las tareas de aproximación, de estimación de cantidades, son las que fortalecen el pensamiento matemático a partir de primero de escuela. Para hacer tareas de aproximación la tablet es genial porque te presenta cien estímulos en cinco minutos. Sin embargo, producto de estos cuestionamientos que estoy manifestando abiertamente, hace tiempo que venimos desconfiando de que la estimulación mediante tablets en este tipo de tareas sea el método más idóneo. Entonces pusimos a competir en el proyecto de investigación al mismo tipo de juego en las tablets con juegos idénticos en formato concreto. Los resultados todavía no están publicados, así que no voy a adelantar mucho, pero a grandes números lo que muestran los resultados es que funciona mucho mejor el juego concreto que el juego digital individual y con muchos más ensayos.

Fuente: Infobae

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