CAMBIOS POSIBLES QUE PRECISA LA ESCUELA

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Por: Esther Claver. Profesora de la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de Huescas de la Universidad de Zaragoza –Aragón –

Estamos siendo testigos de un momento único en la historia. La pandemia del COVID-19 ha puesto de manifiesto, entre otras cosas, que nuestro sistema educativo precisa de un profundo cambio. En estas líneas voy a exponer lo que, a mi juicio, habría que implementar desde ya.

Soy una persona muy “tecnológica”. Siempre me ha fascinado la forma en que la tecnología se adelanta a nuestras necesidades. El mundo de los videojuegos, por ejemplo, me ha atraído mucho. No soy una jugadora empedernida, no tengo tiempo, pero sí le dediqué el suficiente (sobre todo cuando mi hijo era pequeño) como para fascinarme con su funcionamiento. Veía cómo mi hijo era capaz de aprenderse de memoria (y en inglés) las características de los personajes, memorizar mapas tridimensionales para resolver eficazmente una misión… Como profesional que trabaja con la mente humana y dedicada en parte a la profesión de docente de futuros docentes, decidí investigar más. Y es que la industria de los videojuegos ha sabido aplicar los avances de las neurociencias en su beneficio. Por ejemplo, Fornite (videojuego de moda) facturó en el 2018 más de 1 billón de dólares. Algunos dicen que es porque es “adictivo”. Puede ser, no niego que todo lo bueno es susceptible de crear una adicción, el cerebro busca aquello que le hace sentir bien. Entonces empecé a preguntarme por qué no aplicar lo mismo en la docencia. Para no alargarme más aquí con esto, les invito a ver un documental que grabamos con el centro de la UNED de Barbastro al respecto.  
 
En definitiva, el cerebro aprende mejor cuando el método de aprendizaje es emocionante, cuando puedes aprender a tu ritmo, a tu nivel y además puedes compartir lo aprendido con otros con tu misma motivación: avanzar. Fíjense que el “premio” que un videojuego te ofrece por aprender algo es precisamente seguir aprendiendo más. Fuerte, ¿no? Sin embargo, en la escuela de hoy, el premio por aprender es “aprobar”, o peor aún, “no suspender”. Y si suspendes, no se te anima a que pruebes una y otra vez a que te salga (mientras te diviertes intentándolo), sino que se te lleva a la “casilla de salida” (repetir curso) con un letrero que te señala como fracaso.
 
Otro aspecto muy potente de la metodología “gamificadora” de los videojuegos tiene que ver, como ya he dicho, con el que puedes aprender a tu ritmo y a tu nivel. Esto es algo que la tecnología facilita mucho. La docencia online lo aplica como eje principal de su método. Tienes recursos en forma de textos, vídeos, juegos interactivos, autoevaluaciones, etc. No pasas de nivel hasta que el anterior está alcanzado y mientras tienes tutoriales y tutorías presenciales (en videollamada) que te apoyan en tu recorrido de aprendizaje.
 
En el confinamiento, los docentes han tenido que convertir lo presencial en virtual y se han dado cuenta (o al menos eso espero) de que es totalmente ineficaz pretender que todo el alumnado lleve el mismo ritmo y aprenda en su casa con los mismos métodos que se usaban en la educación presencial. Hemos sido testigos (yo, como madre, así lo puedo testificar) de verdaderos fiascos.
 
Y es que el mundo online parte de un paradigma diferente. Es el sistema el que se adapta al alumnado, no al revés. No se trata solo de llevar lo presencial línea lo virtual a través de clases mediante plataformas como Zoom o Google Meet, ni de pasar documentos, actividades y ejercicios a los alumnos a partir del libro de texto de turno. Se trata de crear contenidos a diferentes niveles para que cada alumno lleve su proceso. Evidentemente, no hay que olvidar las actividades grupales (en forma de juego interactivo, por ejemplo). Y, en cuanto se pueda, volver a unas aulas totalmente transformadas en laboratorios de aprendizaje y no en espacios unidireccionales donde el profesor es el protagonista.
 
Conste que no me invento nada. La metodología de “aula por rincones”, por ejemplo, lleva muchísimos años inventada. Esta metodología ayuda a alternar el trabajo organizado con el trabajo libre. Los materiales y las propuestas de trabajo que en cada rincón encuentran los niños y niñas hacen posible su interacción con el entorno. El trabajo por rincones responde a la necesidad de establecer estrategias organizativas que den respuesta a los distintos intereses de los niños y las niñas y que, a la vez, respeten los diferentes ritmos de aprendizaje. Los rincones son zonas del aula, adscritas a ámbitos o áreas concretas, en los que pueden realizarse simultáneamente diferentes actividades, bien individualmente o en grupo, posibilitando que la acción del alumnado sea en general, libre y autónoma.
 

“Los docentes han tenido que convertir lo presencial en virtual, y se han dado cuenta (o al menos eso espero) de que es totalmente ineficaz pretender que todo el alumnado lleve el mismo ritmo y aprenda en su casa con los mismos métodos que se usaban en la educación presencial”.


 
El respeto al proceso de desarrollo de los niños y niñas es absolutamente necesario. Todas las leyes de educación recogen esto como un derecho indiscutible. Pero luego diseñan los centros educativos partiendo de la teoría Piagetiana del desarrollo. No me voy a meter con Piaget, sus aportaciones son indiscutibles. Pero se le ha interpretado mal y se ha diseñado todo un sistema basado en “edades” y no en nivel madurativo. Les invito a ver una alternativa a Piaget que también lleva bastantes años descrita: los llamados Niveles Armónicos del Desarrollo. José Moyá (1960), doctor especialista en desarrollo infantil, y su equipo diseñaron una descripción del desarrollo del niño mediante parámetros y niveles, nunca de edades.
 
Este esfuerzo de diseño al que me refiero, lo hicimos durante dos cursos con mi alumnado de la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de Huesca. Diseñamos lo que llamamos un “aula inclusiva” partiendo del marco teórico descrito brevemente más arriba.
 
Esto lleva, ineludiblemente a cargarnos de un plumazo el sistema de evaluación actual. También cualquiera de las leyes que tan bien se redactan en los despachos, recogen la obligatoriedad de evaluar a cada alumno según su propio potencial. Bien, pues si cada uno aprende a su ritmo, la evaluación debe ser individualizada. Nadie se queda atrás.
 
De nuevo, todas las leyes de educación señalan como importante otro aspecto que luego se olvida de extrapolar al día a día del aula: el derecho del alumnado a aprender según sus propias fortalezas. Y quién mejor que Howard Gardner y su Teoría de las Inteligencias Múltiples para darnos las herramientas por las que descubrir cómo van a aprender mejor nuestros alumnos y alumnas. Esto lleva de forma directa a olvidarnos de un sistema basado en las “debilidades” para pasar a otro centrado precisamente en lo contrario: en las “fortalezas”. Me explico: en vez de tener que generar “aulas de apoyo” donde los niños señalados como “imperfectos” van a “rehabilitarse”, veamos en esos niños sus fortalezas y diseñemos actividades en las que puedan participar a su nivel usando dichas fortalezas para paliar sus debilidades. Online o presencial da igual: es una cuestión de esfuerzo en el diseño.
 
Y de nuevo nos cargamos el sistema de evaluación actual, más centrada en la capacidad memorística del alumnado que en lo que verdaderamente importa: saber resolver problemas de la vida mediante habilidades y destrezas propias y/o ajenas.

¿Y la relación familia-escuela? 
Mención aparte merece este aspecto. Lo que está claro es que llevamos décadas sin trabajar en equipo. De nada sirven las AMPAS (Asociaciones de madres y padres), bueno, sí, para organizar eventos, excursiones, algunas extraescolares y poco más. De nada los Consejos Escolares que, aún con buena voluntad, se pierden en una maraña burocrática espeluznante. La relación de las familias con sus centros educativos, con los docentes, va más allá de una tutoría al trimestre en la que la relación con las familias, de nuevo, es totalmente “lineal”, donde el profesor es el experto que dice “cómo va tu hijo” y por qué no va mejor, que suele ser por “culpa” de la familia, claro, que no le pone todo el empeño que precisa el niño en cuestión. Esto, por definición, crea un tipo de relación asimétrica en la que solo cabe un cruce de reproches y culpas que a nada llevan.
 
Para evitar esto, propongo introducir en la llamada “comunidad educativa” un concepto más sistémico. Sin víctimas ni victimarios, donde se reconozcan los recursos y fortalezas (una vez más) de todos y cada uno de los implicados. Creo que el modelo sistémico de intervención da un buen soporte para aplicar lo que digo. En mis clases universitarias me empeño en dotar a mi alumnado de las habilidades propias de un profesional sistémico. Solo así conseguirán ver a la familia desde sus fortalezas, como un agente educativo más, no como el enemigo que juzga lo que hacemos.
 
Quizá haya que hacerle caso a Tonucci y preguntarles más a los niños cómo quieren que sea la escuela.

Fuente:

https://www.educaweb.com/

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